05-JUNY-2019 Valéria Ferreira. Psicòloga i Psicoanalista
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"Fuimos esa mirada

Conjunto indescifrable

De entrañas y silencio

Estuve tan sin ti,

Tan sin mí

E irremediablemente

Fuimos más

Que todo", María Lorente Becerra

Vivimos en una época marcada por la tendencia individualista. Los malestares actuales llevan otras marcas. Los lazos sociales y los lazos amorosos han cambiado, aunque se detectan con facilidad resonancias de una lógica anterior. 

Estos cambios afectan a las mujeres y a los hombres de varias maneras y de modo diferente en lo que respecta a las relaciones amorosas. Gallano (2002) se interroga por cómo incide el capitalismo neoliberal en el destino de los sujetos que se juegan su “hacerse mujer” y “hacerse hombre” en lo sexual, y cómo incide también en la construcción de un relato que oriente acerca de qué desear y cómo gozar en un lazo erótico con otro ser humano.

Lo que se averigua es que la diferencia psíquica estructura géneros, un estilo, una forma de desear y de amar. Por otra parte las mujeres pueden estar próximas al paradigma masculino o no. Ellas no están totalmente recubiertas por lo que representan los códigos de los distintos mandamientos socio-culturales, no obstante están afectadas por los discursos que dicen con qué tienen que identificarse para ser “mujeres”. Las mujeres y los hombres se posicionan de una manera dispar en lo que son los senderos del amor. Hay una lógica que funda la posición femenina y masculina que no depende del sexo biológico.

Lo que se define socialmente como propio del género femenino es un constructo social, una determinación significante conveniente, discursiva, que varía conforme la época y la cultura. Desde un discurso que tiene al inconsciente como fundamento, se podría decir que hay “…el ser social” que determina identificaciones normativas tanto para los hombres como para las mujeres, un “ser social” que deja de fuera el “ser de deseo”… (Gallano, 2002, p.33).  

Muchas mujeres pueden responder con aflicción al mercado neoliberal de las relaciones en serie, que se reducen a ese deseo banal, donde se va pasando de objeto a objeto, donde un objeto sustituye al otro. En eso el capitalismo acertó, apuntó a lo que es muy adictivo en el humano, a pasar de un objeto a otro en el intento de suplir algo del malestar existencial.

Es frecuente que en ese malestar se mezclen dos lógicas amorosas: una, a la que se podría calificar de tradicional, que posiblemente fue pensada en algún momento para dibujar el camino de la felicidad individual. Ésta tenía, como única vía autorizada para alcanzar la relación sexual, el casamiento. La finalidad prioritaria era la reproducción dentro de una estructura familiar, y el contrato matrimonial constituía la garantía de la supuesta estabilidad del vínculo conyugal. Desde esta perspectiva, el deseo sexual en la mayoría de las ocasiones quedaba como un elemento prescindible, sin importancia.  

La otra lógica es la que resulta de la implantación de la sociedad de consumo. Esas dos lógicas conviven actualmente y generan conflictos. Afectan de distintas maneras a la forma de relacionarse, provocan contradicciones y sufrimientos.  En el mandamiento del capitalismo está implícita la idea de que la felicidad depende de experimentar mucho, de tener muchos amores. Es patente que el amor en esta época del capitalismo financiero está pervertido, reducido a no ser más que otro objeto de consumo (de Francisco, 2016).

Muchas veces se piensa que el problema de la infelicidad amorosa es cosa de una/o, algo que atañe solamente al imaginario personal, resultado de elecciones inadecuadas en las que no casan el amor, el deseo y el goce sexual.  A continuación evocaremos algunas referencias históricas al tema del amor, una herencia que es necesario interrogar.

Una referencia capital sobre el amor es el Banquete de Platón (385-370 a.C.). En esta obra, en la que se suceden las reflexiones de diversos pensadores de la Antigüedad griega sobre el amor, el discurso de Aristófanes presenta la idea del amor como completud y anhelo unificador, anhelo por otra parte de plena actualidad en nuestros días. Aristófanes expresa su teoría a través de un mito en el que se intenta explicar un tipo de amor  caracterizado por la necesidad del amante de unirse a un otro amado que vendría a ser el ser especial que nos complementaría, que nos acercaría a esta felicidad completa, es decir el mito de la famosa media naranja.

Esta forma de anhelar el amor es muy antigua, pero perdura aún si bien se escucha más frecuentemente en las conversaciones entre mujeres. Esta versión del amor agrada mucho, porque supone una satisfacción organizadora de la vida. Por otra parte entra aquí en juego el deseo de acertar, de encontrar “la pareja”, la que será el amor verdadero, que acabará con ese sentimiento de vacío, la otra mitad de la naranja que vendría a completar, a dar la felicidad y el sentido a la vida.

Hay épocas que han sido más relevantes que otras respecto al discurso sobre el amor, ofreciendo fórmulas que prendían con facilidad, puesto que prometían la plenitud. Así por ejemplo el amor romántico, tan elevado y criticado en nuestro momento. Aquí conviene recordar que las características del amor romántico se derivan del amor cortés, cuyas raíces a su vez se nutren de las aportaciones de Platón y de las distintas versiones neoplatónicas, entre ellas el platonismo tomado por el cristianismo y a lo que los distintos filósofos considerados románticos han tratado de dar respuesta (De Francisco, 2016).

Alerta la autora de referencia que un problema fundamental detectado ya en el pasado era el de cómo hacer con las tendencias sexuales y las tendencias amorosas, entendiendo que no son la misma cosa y que a la vez pueden coexistir. Algunos discursos sostenían que la única forma de resolver ese problema era el matrimonio basado en la amistad. Otros defendían que el amor pasional tiene que estar por encima de cualquier amor filial o amistoso. Lo que en todos los casos se hace evidente es la dificultad para hablar del lazo entre los sexos, además de constatarse que la interrogación sobre la sexualidad y el amor han sido objeto de reflexión de muchos filósofos, siendo como hemos dicho su máximo exponente el diálogo platónico sobre el amor del cual somos herederos.

La autora comenta que en el diálogo platónico hay muchas definiciones sobre el amor y que allí se encuentra el germen de lo que serán las señas del amor romántico, pese a que en el diálogo socrático la diferencia sexual no marcará la disimetría, sino la posición entre amante y amado.  El cristianismo por su parte, construye una idea del amor sostenido en el sacrificio, en base también a referencias al sacrificio amoroso que se encuentran en el susodicho diálogo platónico.

El amor romántico por tanto hunde sus raíces, según la autora, en el platonismo y en el amor cortes. La disimetría en el amor cortes se derivará de la diferencia de clases y lugares, pues la Dama es la que tiene un lugar privilegiado. Y evoca a Lacan refiriéndose a que éste dijo que fue en la Edad Media cunado surgió una idea de amor que ponía a la Dama en un pedestal, la idealizaba.

Por tanto encontramos el amor y la pasión por un lado y el matrimonio por el otro, permitiendo un orden. Con la intervención de la iglesia, lo que antes estaba permitido en la sexualidad deviene prohibido a partir del IV Concilio de Letrán. Por consiguiente, en lo que hace referencia al amor cortés, entre los amantes se impone la castidad, es un amor imposible. Los cuerpos y la reproducción quedan fuera. Un ejemplo famoso es el amor de Julieta y Romeo, la imposibilidad del encuentro entre los amantes.

Resumiendo, el amor romántico viene derivado de esas doctrinas que lo precedieron. Pero es a partir de mediados del XVIII y en el XIX que se instala el lazo entre unión conyugal y el amor. Surge una moral en la que los deseos y pasiones son permitidos a los hombres. A las mujeres no obstante se les da otro destino no tan excitante. Este lazo, del lado de ellas, estaría más del lado de la inhibición y de una relación con la sexualidad más del orden del deber que del deseo o la pasión.

El encuentro entre un hombre y una mujer no es natural. Freud descubrió que la sexualidad humana no es armónica, no se rige por el instinto animal. El encuentro cuando se da, viene marcado por el desencuentro inevitable, que nos interroga. En la elección amorosa el inconsciente juega un papel importante. Creemos que controlamos nuestras elecciones, pero hay algo que involuntariamente se repite en ellas.

En este brevísimo preámbulo hemos intentado dar algunas pinceladas sobre los intentos, que se han dado en diferentes épocas, de forjar versiones que ajustasen las tendencias amorosas entre las mujeres y los hombres, teniendo en cuenta la dificultad de la diferencia sexual. De forma frecuente se apuntaba al tema de la desigualdad.

Los desplazamientos que se han producido en lo social a lo largo de la historia instituyen sin duda efectos en las posiciones de las mujeres y también en la de los hombres.

Las mujeres hace tiempo ya que deciden cómo y cuándo desean tomar a un hombre. Han rescatado derechos que les habían sido negados. Ahora tienen los mismos derechos, ya no esconden lo que sienten, se han igualado, compiten en los mismos ámbitos que los hombres. ¿Por qué entonces hay tanta frustración, en lo que respecta a las relaciones amorosas? Algo no marcha como era esperado. No cuadra estar en posesión del deseo sexual, de la libertad de elegir, de decidir, y tener tanta insatisfacción amorosa.

Muchas mujeres se preguntan desconcertadas acerca de la sorprendente división que pueden experimentar, en tanto se pueden sentir deseadas pero no amadas. ¿Cómo hacer para que eso no ocurra? ¿Si soy amada, cómo puedo hacer para que me desee? ¿Cómo se puede obtener estas dos cosas a la vez?  “Freud nos plantea el clivaje estructural entre la corriente tierna y sensual. Las tendencias inconscientes siempre pugnan por sostener el deseo sin amor o amor sin deseo” (Farías, 2017, p.80).

Los hombres también desorientados por la libertad de las mujeres, se preguntan a su vez ¿Qué puedo hacer para ser capaz de continuar amando a aquella que me reveló su deseo?  “Mientras que en la vida amorosa de las mujeres se produce una convergencia entre el amor y el deseo en el mismo objeto en el hombre hay una tendencia centrífuga, una divergencia en relación al objeto de amor y del deseo. Estas diferencias psíquicas son fuente de fricciones en la vida conyugal…” (Farías, 2017, p.80).

El epilogo será muy breve, dado que remite simplemente al hecho de que queda mucho más a discurrir sobre la disimetría de los sexos – las mujeres y los hombres aman de un modo diferente- sin olvidarnos que muchos autores han escrito sobre la perdida de la intensidad del amor en nuestros tiempos.

Para concluir: El amor y el deseo, los desencuentros entre mujeres y hombres, son temas complejos que exigen abordar muchas vertientes que en esa ocasión no fueron tocadas.

Un amor que sea de otro orden, pone de relieve la necesidad de descifrar ese algo singular y particular que una/o lleva en su inconsciente.

BIBLIOGRAFIA
  • DE FRANCISCO, M. (2016).  "En femenino singular". Buenos Aires: Grama ediciones.
  • FREUD, S. (2004).  "Sigmund Freud Obras Completas: XVIII", 2ªed. Buenos Aires: Amorrortu.
  • GALLANO, C. (2005). "¿Dónde está el Amor…? La violencia del fantasma en la pareja", Revista de la Asociación Española de Psicoanálisis del Campo Lacaniano (AePCL): Clínica y Pensamiento Barcelona, vol.4, p.23 - p.45.
  • FARÍAS, F. (2017). "Mujeres al fin". Buenos Aires: Letra Viva.
  • LACAN, J, (1992). "O Seminário: A transferência", 1ºed. 3ºreimpressao. Rio de Janeiro: Jorge Zahar.
  • LORENTE, M. (2019). "Es magia lo que ves". Barcelona: Planeta.